El día que iba a presenter la entrevista para aplicar a la Carrera de Comunicación Social en la Universidad Javeriana en Bogotá, a los 16 años de edad, estaba tan asustada que, a pesar de haber pasado las demás pruebas exigidas, prefería perderlo  todo que enfrentarme a las cejas pobladas y la mirada intimidante del honorable profesor de Morfosintaxis, el Dr. Gabriel Cabrera.

En ese momento, mi papa, Gonzalo González, quien era maestro de maestros de Periodismo hacía 30 años en esa distinguida Universidad, reconocido como insigne intelectual en Colombia, me vio tan paralizada del susto, que utilizó la virtud de los grandes mentores para librarme del pánico: empoderar con las palabras y llevar a las personas a su mayor nivel.

Tras sus lentes bifocales, me miró a los ojos con firmeza y me dijo una sola frase contundente e inequívoca, que me marcó la vida para siempre: “¡Presencia de animo en la voz!“.  Y se fue.

De inmediato me sentí como si fuera un balón desinflado al cual comienzan a inyectarle aire hasta quedar en su mejor estado para meter los goles. Me sequé las lágrimas, me compuse la blusa arrugada por el sudor y las lágrimas. Entré al baño y, como pude, me limpié los rezagos de pestañina y delineador negro en las ojeras. Salí con un gesto airoso a enfrentar al gigante, que en realidad media máximo un metro con sesenta.

Instante transformador

Fue impresionante. No olvidaré nunca ese instante de transformación personal. Un CLIC certero y efectivo se obturó en mi interior, como detonante para el ánimo, de tal manera que, para el momento de la entrevista, ya sentía que el mundo entero me quedaba pequeño.

Por fuera, las rodillas todavía me temblaban sin parar, las manos me sudaban, sentía ganas de regresar de prisa al baño, el corazón me latía como un timbal a ritmo de merengue… Pero nada pudo ser más fuerte que las palabras de mi empoderador. De manera que respire profundo y entré a la oficina de la rectoría en el magno recinto, con una temblorosa pero determinada seguridad que a mi misma me impresionaba.

El profesor Cabrera levantó su inmensa y canosa ceja derecha, me miró con un gesto que aún no se descifrar, y con voz escéptica me preguntó lo más obvio:

Dígame, señorita González, por qué quiere estudiar Comunicación? No tengo ni idea qué le respondí, estaba bloqueada por el terror,  no se que cantidad de babosadas dije, lo único que se es que al terminar mi “speech” se quito las gafas, levantó el lápiz que manipulaba con destreza entre los dedos todo el tiempo durante esos eternos 15 minutos y lo tiró con fuerza sobre la mesa…

No sabía si me iba a regañar por la forma como hablé, si no estaba de acuerdo con lo que dije, si no le caí en gracia, o si estaba furioso porque me habían dejado pasar, a pesar de ser tan pequeña…

Lo único que atiné a ver, en medio de la pavorosa escena, fue el dedo amenazador del temible profesor Cabrera, que me señaló directo a la frente y me dijo con una voz demasiado fuerte: “¡Esas son las comunicadoras que necesita esta Universidad!”…

¡Dios mio! Muerta del pánico, congelada todavía, por fin sonreí, le di la mano derecha y creo que le dije, alguna ridiculez formal como

_“Muchas gracias, profesor Cabrera”.

Sali del aula con el paso firme pero apresurado, con ganas de brincar. En la acústica de la antigua aula solo se escuchó el eco de mis altos tacones de plataforma ochentera  de 15 centímetros que retumbaba durísimo, paso a paso.

Cuando salí, me desplomé en la terraza de la Universidad, lloré de angustia, miré al cielo y le di gracias a Dios por haberme dado un padre que me supo decir las palabras precisas que necesitaba para vencer el pánico de uno de los momentos más decisivos de mi vida.

Tarea urgente

Hoy en día, algunos años después, puedo decir a ciencia cierta que  esa voz todavía me acompaña.  Cada vez que salgo a un escenario de 5.000 personas a dar una conferencia de Comunicación en cualquier lugar del mundo, puedo volver a escucharla, en medio del pánico escénico: “Presencia de animo en la voz!”.

Las palabras que decimos a las personas a nuestro alrededor, pueden edificarlas, o destruirlas para siempre. Todo, según la intencionalidad del tono con que las digamos.

Por eso es de suma importancia que concienticemos el poder con que cuenta cada frase que emitimos para los demás. En especial cuando se trata de nuestros propios hijos, de la pareja, de la gente que amamos, o que lideramos.

La vida y la muerte se encuentran en poder de la lengua, dice un sabio proverbio bíblico, que describe en esencia la facultad con que cuenta el lenguaje para ser generativo y producir un efecto, bueno o malo, positivo o negativo, según la forma como nosotros mismos lo utilicemos.

Decir a  los hijos desde la niñez frases de animo es muy importante, si queremos levantarlos bien empoderados. Mis dos hijos reciben hoy de esa misma medicina que yo recibí de mi padre. Por eso son  tan destacados y brillantes, donde quiera que vayan. Siempre busco darles palabras de  ánimo.

Necesitamos construir una cultura de Inteligencia Comunicacional, desde el ser, no desde el saber. Cambiemos nuestra forma de dirigirnos a ellos, para edificarlos. Para lograrlo, es necesario que los construyamos con un lenguaje más asertivo.

¡Presencia de  ANIMO en la voz!

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